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DEL
RECORRIDO EN UN ANÁLISIS, UNA PRIMERA
APROXIMACIÓN.
De
forma incuestionable, a todos y cada uno
de los seres humanos nos suceden ciertos
eventos a lo largo de nuestra historia que
nos hacen de pronto descubrirnos en una
intersección, en un punto en el que
la vida nos puede presentar un vuelco; la
forma en que vivamos ese cisma estará
en buena medida dada por la manera en que
utilizamos nuestras emociones, las cuales
nos hacen tomar las cosas, ya sea como problemas
tremendos, sobre dimensionados, imposibles
de resolver o, en el otro extremo como casi
imperceptibles, minimizados y lo más
grave, es que los consideramos sin consecuencia
alguna para nuestra vida.
Ya sea que los vivamos en uno u otro extremo
de la experiencia – como devastadores
o sin importancia – nuestro mundo
interno, nuestros afectos no sólo
nos van moldeando en la vida, sino que van
dejando su marca. Es justo en este punto
donde debemos detener nuestra vertiginosa
huida para poder entender lo que nos sucede,
para poder nombrar lo que sentimos y, a
través de ello permitirnos pensar
en lo que verdaderamente estamos sintiendo
para poder construir una nueva lectura tanto
de las cosas que nos están pasando
como de nuestra participación en
dichos eventos. Sólo después
de ello, podremos afirmar que de una determinada
situación hemos logrado conseguir
un aprendizaje sobre nosotros mismos y,
lo más importante, lograr cambiar
de lugar a uno donde el costo afectivo no
sea devastador.
No obstante es hasta este punto, es hasta
que nos vemos atrapados en tal entre dicho,
que nos vemos obligados a aceptar, por lo
menos, que hay algo que nos provoca un cierto
monto de dolor, de tristeza, de angustia
o de frustración, que nuestras relaciones
se vienen abajo, que no podemos salir de
tal atolladero. Así, pese a que sabemos
que hay algo que está mal y que no
alcanzamos en ocasiones ni siquiera a nombrar,
a decir de forma concreta qué es
lo que sucede o de dónde vienen nuestros
problemas, en el fondo, en nuestras raíces
más profundas, lo que en verdad se
desconoce es que sí sabemos la forma
en que estamos jugados en esta trama de
nuestra historia pero que terminamos mal
entendiendo y, con ello reviviendo lo doloroso
sin darnos cuenta una y otra vez.
La alternativa entonces, es iniciar un análisis;
sin embargo se conoce poco del Psicoanálisis
ya que es una teoría que no es difundida
para el hombre común, por ello en
muchas ocasiones permanecemos en la ignorancia
y terminamos suponiendo que es lo mismo
asistir con un psicólogo, recibir
un par de <<consejos>> y que
nos terminen por <<orientar>>,
en otras palabras cuando nos sentimos mal
solo buscamos que nos digan qué hacer
y cómo comportarnos frente a lo que
nos duele; a final de cuentas, que sea el
otro quién resuelva (y, dicho sea
de paso, que sea este también quien
asuma con ello la responsabilidad de cualquier
elección). Dichas ideas están
basadas en la desinformación de lo
que en verdad es una terapia y, más
aún, un psicoanálisis.
El reto al que invita un Psicoanálisis
es a abrir un espacio en donde podamos trabajar
por desenredar el lenguaje, ese mismo con
el que habitualmente nos comunicamos sin
percatarnos de lo que en verdad llegamos
a decir y, como se expresó con antelación,
y del cómo éste va dejando
su marca en nuestra historia.
Freud, es quien considera que para que la
comunicación pueda desarrollarse
se requiere el empleo de la palabra. Es
esta, la palabra, su instrumento por excelencia
desde los comienzos de sus formulaciones:
“[…]
<<Tratamiento psíquico>>
quiere decir, más bien, tratamiento
desde el alma […], con recursos
que de manera primaria e inmediata
influyen sobre lo anímico del
hombre. Un recurso de esa índole
es sobre todo la palabra […].
El lego hallara difícil concebir
que unas perturbaciones patológicas
del cuerpo y del alma puedan eliminarse
mediante <<meras>> palabras
del médico. Pensará
que se lo está alentando a
creer en ensalmos. […] Pero
es preciso emprender un largo rodeo
para hacer compresible el modo en
que la ciencia consigue devolver a
la palabra […] su prístino
poder ensalmador” (1). |
Es
por esto, que la labor del psicoanalista
es la de ser un lector de <<eso>>,
eso que queda atrapado en el lenguaje y
que pese a ser dicho y repetido, no se alcanza
a escuchar en sus resonancia dentro de nuestra
vida anímica. Lo dicho en palabras
encierra un mensaje cifrado, éste
expresa el sentido sobre lo que se vive,
lo que se desea y se sufre. En el tratamiento
se pretende ir más allá y
decir en palabras, pensando en voz alta
frente a la presencia del analista, las
ideas, las nociones, las imágenes
que inundan la mente y que se agolpan, dificultando
nombrarlas. Ese es el camino para develar
las representaciones, identificaciones y
las palabras que al analizante lo constituyen
como sujeto a lo largo de la vida.
Así, en el tratamiento se abre la
brecha para poder escuchar la repetición
de los eventos, puestos en palabras, nombrados;
en dicha repetición, no existe la
casualidad y, menos el azar sino que su
causa, que es lo que nos produce el dolor,
es lo que se encuentra arraigado en las
penumbras de nuestra historia. Pertinente
aclarar que el recorrido propuesto no se
constriñe a ver sólo el pasado,
pensar en pretérito; no es necesario,
puesto que los eventos que nos aquejan en
el presente son sólo la repetición
de lo ya sabido de nuestra historia, pero
que jamás no hemos detenido a pensar
qué quieren decir de nosotros mismos.
El pasado es el que vía la repetición
de sucesos, se actualiza en el presente.
Por tal motivo, es que vale la pena detenernos
y conocer más a detalle lo que acontece
en nuestras vidas, frenar la repetición
que es el intento desesperado de entender
a través de las acciones, lo que
en algún momento en nuestra historia
de vida no se logró comprender a
través de las palabras.
Es este el trabajo sesión a sesión,
el ir develando ese mensaje cifrado, oculto
en el discurso del paciente que encierra
la historia de su quebranto. El objetivo
de un análisis no se reduce a la
simple eliminación de síntomas,
a lograr que sólo nos deje de doler,
que si bien es importante sólo se
lograría con ello un cierto grado
de bienestar. El reto de la labor, en la
metáfora, es emprender un viaje a
través de la historia de vida del
paciente, por vía de sus palabras,
para que logre reencontrarse con lo que
verdaderamente le ocasiona el dolor, para
reencontrarse consigo mismo y, en un segundo
tiempo, una vez desmantelados los circuitos
de su repetición lograr construir(se)
desde otro lugar.
(1)
Freud, S. (1890). Tratamiento psíquico
[Tratamiento del alma]. Tomo I. Obras completas.
Buenos Aires: Amorrortu. Pp. 115
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